MEXICO (Pulso) — Blue Demon Jr. tenía entre 30 y 31 años cuando le diagnosticaron un linfoma en etapa 4. La enfermedad ya había hecho metástasis.
Según contó al canal Piso 15, los primeros síntomas —fiebre alta, tos y comezón— fueron tratados solo con antibióticos. El diagnóstico correcto llegó dos años después.
«Un médico me sugirió arreglar mis papeles porque estaba cerca el final», recordó el luchador. Dijo a EFE que hubo una etapa de negación, pero no se dio por vencido.
Encontró fuerza, dijo, en la responsabilidad de sostener a su hijo y a su familia. Un primer tratamiento en el ISSSTE no funcionó. Después ingresó a un protocolo experimental con un fármaco en estudio.
«Revierten de cierta forma lo que tenía, me extirpan los tumores», explicó. La remisión médica llegó ocho años después. El tratamiento dejó secuelas: perdió el 75% de la audición en el oído derecho y ahora habla pausado para evitar tartamudear.
En el año 2000, en medio de ese proceso, murió Blue Demon, su padre adoptivo y leyenda de la lucha libre. «Cuando mi padre murió en mis brazos, no hubo lágrimas. Me vi obligado a ser fuerte», dijo a EFE.
Tras superar la enfermedad, Blue Demon Jr. decidió estudiar medicina regenerativa. Hoy, con 60 años, está próximo a recibirse. Su gira de retiro proyecta durar hasta agosto de 2027; después planea abrir una escuela de lucha libre y ofrecer atención médica a sus excompañeros.
La historia ilustra algo más que resiliencia personal. Un fármaco todavía en fase de estudio, no un protocolo estandarizado, fue lo que le devolvió la vida. Es un recordatorio de por qué la innovación médica —y quienes arriesgan capital y tiempo en investigarla— importa tanto como cualquier sistema de salud pública.



