ISLANDIA (Pulso) — Islandia vota este sábado. La pregunta: reabrir o no las negociaciones de ingreso a la Unión Europea. Una encuesta publicada el viernes mostró ligera mayoría contraria a reabrir el proceso. La contienda es reñida y sin favorito claro.
El debate no es nuevo. Islandia solicitó el ingreso en 2009, en plena crisis financiera. En 2013 un gobierno euroescéptico suspendió las negociaciones. El tema resurgió con el deterioro geopolítico global.
Los partidarios del «sí» apuntan a la economía. La tasa de referencia del banco central islandés está en 8%, frente al 2,25% del Banco Central Europeo. Sostienen que la integración, y eventualmente el euro, podría estabilizar hipotecas y costos financieros. También invocan seguridad, ante la guerra en Ucrania y las tensiones árticas que incluyen la insistencia de Donald Trump sobre Groenlandia.
Los opositores responden con dos palabras: soberanía y pesca. Advierten que Bruselas no resuelve problemas internos y que las normas europeas de cuotas pesqueras amenazan el control islandés sobre sus propias aguas, uno de sus recursos económicos centrales.
La ministra de Relaciones Exteriores, Thorgerdur Gunnarsdottir, partidaria del «sí», plantea que Islandia debe redefinir alianzas ante estructuras internacionales bajo presión.
El referéndum no decide el ingreso. Solo autoriza al gobierno a reabrir conversaciones con Bruselas. Según el Ministerio de Relaciones Exteriores, podrían comenzar hacia fines de 2026 y durar entre 18 y 24 meses. Después, los islandeses votarían otra vez para el ingreso efectivo. Las próximas elecciones generales serán a más tardar en noviembre de 2028.
Los centros de votación abren a las 9 de la mañana y cierran a las 10 de la noche. La población de Islandia ronda los 400.000 habitantes.
El fondo del debate es la soberanía: cuánto control sobre pesca y política económica está dispuesta a ceder una nación pequeña a cambio de una promesa de estabilidad financiera que Bruselas no garantiza por decreto. La historia de 2013, cuando Islandia ya frenó este mismo camino, sugiere que el escepticismo hacia la burocracia europea no es un accidente pasajero.


